
No hay nada tan obsceno como asumir lo inhumano dentro de la cotidianidad. Un film que debiera haber sido protagonizado por adultos por las tristes exigencias que le rodea, viene a ser una historia impúber tan tierna como execrable. Nadie debiera acostumbrarse a dialogar tranquilamente sentado sobre el cañón de un tanque, ni a juguetear mirando en el vientre vacío de los misiles… ni a reír de bebé con el rostro oculto tras una máscara antigás.
Bahman Ghobadi, absoluto artífice de este filme como director, guionista y productor, crea, con la presencia sobrecogedora de actores no profesionales que han sufrido en carne propia las consecuencias reales de aquello de lo que hablan y sienten en pantalla, un visceral y terrible alegato antibelicista. La primera película tras la caída del régimen de Saddam Hussein no podía dar más de sí: nadie se acuerda de los nadies, sobre ellos todo Dios sobrevuela, tan vacíos de conciencia como repletos de intereses poco humanos (de la pobreza o la enfermedad no se puede extraer oro negro).
No hay salvación vestida de uniforme made in USA, ni condescendencia, al fin y al cabo la costumbre es la peor de las maestras. Ghobadi lo sabe y lo deja ver, sin ostentaciones ni diatribas, porque la sencilla realidad, plagada de desgracias, supera una vez más a la más enrevesada de las ficciones.
En mi infancia vendía gafas 3D para sacar unas pelillas para mis tonteos, la infancia de «Las tortugas también vuelan», ausente por inexistente, dedica todo esfuerzo a ‘tontear’ con la muerte con el único propósito de sobrevivir al despropósito. Como si ello fuera posible.
Y bueno, una vez más como esa imagen que siempre es más creíble que un millón de palabras, os dejo un poco de mal rollo, el justo y necesario para ser un pelín más solidario y responsable a cada paso que damos, a cada decisión que tomamos… Demasiadas cosas hay que agradecer hasta quedarse afónico.
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