
Siento náuseas escuchando decir al Sr. Montoro (disculpen lo de señor) en referencia a Carlos Monedero que todos tenemos los mismos derechos, libertades y obligaciones. Pero náuseas, náuseas, de las de verdad. Voy a grabarme esa frase suya de que «hay que cumplir con las obligaciones de la ley como todo el mundo en este país, que para eso somos una democracia y un Estado de derecho consolidado», para ponérmela cada vez que me siente mal una comida y necesite vomitar. Mientras recordaré que la abogacía del Estado ese de derechos y obligaciones para todos no imputó a la infanta Cristina (la pobre).
El caso es que en esta caza de brujas a Podemos, que debe darle más miedo a los de arriba (por el momento a Dios gracias) que las propias meigas, me tuve que acordar indefectiblemente de la otra caza gorda de hace poco más de medio siglo y que se produjo a manos del senador McCarthy en otra de las más lúcidas democracias occidentales que se conocen: EE.UU., por supuesto.
No voy a contar, porque seguramente es de todos conocido -aparte de que estuvo casado con Marilyn- que toda la vida y obra de este genio que fue Arthur Miller está atravesada de parte a parte por el activismo social y político a favor de los derechos fundamentales y la crítica feroz al conservadurismo y la falsa moralidad, pero el ejemplo clásico a esta verdad de Perogrullo es «Las brujas de Salem», obra adaptada por él mismo para el guión del filme «El crisol» (1997), que salva de la quema el todoterreno Day-Lewis y una buena panda de actores y actrices.

En «Las brujas de Salem» podemos contemplar curiosas y largas explicaciones del autor sobre los personajes, el contexto y la historia en sí, algo extremadamente raro en teatro, pues por momentos parece novela o ensayo y resulta imposible de representar a menos que un narrador externo lo transmitiera al espectador, y que supone una nada velada crítica al macartismo y sus consecuencias, algo que el propio autor refiere explícitamente en uno de esos extensos párrafos comparando los sucesos del siglo XVII con la caza de brujas que estaba viviendo. El propio Miller fue víctima del Comité de Actividades Antiamericanas: acusado de comunista (¡como si fuera un crimen!) se negó a declarar en contra de compañeros de profesión al igual que Welles o Chaplin, aunque finalmente el Tribunal de Apelación de los Estados Unidos anuló la sentencia, de forma que no tuvo que ingresar en la cárcel.
Y en fin, sólo compartir que podría hablar mucho y bien de las virtudes de esta obra: lo ágil de su lectura, o lo magnífico de algunos de los personajes… Pero lo que más me sale compartir en este momento de indignación, en mitad de este circo de Montoro y camaradas (disculpen la palabra marxista, que ya le costó lo suyo a Chaplin) es que tengo un cabreo que sólo puede imaginárselo quien haya leído la obra de teatro y la recuerde.
Pues eso: ¡qué cabreo tengo!
La obra completa pinchando aquí.






Deja una respuesta