
Debatíamos hace poco en una reunión acerca del antropocentrismo, del especismo y del animalismo. Como era de suponer, habida cuenta de las propias definiciones que unos dicen y otros rechazan nos vimos avocados a hablar sobre un concepto tan etéreo como la dignidad. Posturas enfrentadas y difíciles de argumentar con la debida objetividad. Es como ponerse a hablar del aborto, de la felicidad o de los derechos humanos universales. Todos son temas morales y filtrados necesariamente por nuestra escala de valores y nuestra filosofía de vida, los cuales, a su vez, dependen de experiencias personales o una determinada sensibilidad.
¿Quién decide lo que es la dignidad, quién la tiene o si es algo que viene impostado de nacimiento? Recurro a la RAE, como suelo hacer, a ver si me aclara algo: cualidad de digno. Y echo un ojo a la palabra digno/a.
Del lat. dignus.
2. adj. Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo .
3. adj. Que tiene dignidad o se comporta con ella
4. adj. Propio de la persona digna.
5. adj. Dicho de una cosa: que puede aceptarse o usarse sin decoro. Salario digno, vivienda digna.
6. adj. De calidad aceptable. Una novela muy digna.
Por si había dudas, ahora surgen más. Se pone uno a leer con detenimiento las definiciones y hay algo común a todas ellas: la dignidad parece depender en mayor grado de algún condicionamiento externo que decide que cierta persona u objeto es merecedor, tiene suficiente mérito o condición, o se adapta a determinada calidad. Difícilmente puede algo resultar más subjetivo.
Entonces se pone uno a pensar en lo que ha supuesto y significado la dignidad a lo largo de la historia de la humanidad en estos términos tan dependientes de lo que una persona o un colectivo (que suele ser lo más normal) haya decidido determinar como sujeto-objeto de tal concepto. Por eso a los esclavos no se les ha considerado nunca dignos ni merecedores de derechos desde que el mundo es mundo; ni a las personas de color, que no se las consideraba ni seres humanos hasta el abolicionismo en EE.UU. (legalmente, porque la cosa no está como para tirar cohetes) o durante el régimen de Apartheid en Sudáfrica hace cuatro días mal contados; ni a la población judía, gitana o con discapacidad en los países ocupados por la Alemania nazi; ni a las mujeres en Arabia Saudí o el algunos países del África subsahariana donde tienen prohibido hasta sentir placer y sufren la ablación; o los inmigrantes y refugiados, claro, que al no ser ciudadanos europeos tienen menos derechos y dignidad que los que lo somos. ¡Y en algunas de estas situaciones la cosa estaba tan aceptada que sólo a cuatro memos mal vistos se le ocurría pensar por aquel entonces que los esclavos o los negros eran seres humanos! Pavadas de ideas revolucionarias izquierdosas.
El caso es que la dignidad siempre ha sido otorgada, más allá de la consideración de que sea o no merecida. Muchos esclavos liberados se negaron a abandonar las plantaciones y a sus amos por inseguridad, costumbre o sentimiento de indignidad, igual que suele suceder con las mujeres que han sido objeto de violencia machista.
Y definiendo ideas, si la dignidad a lo largo de la historia no se ha considerado privilegio de personas de otra raza, condición social o distinto género y buena parte de la población lo veía con absoluta naturalidad, soy libre de pensar, con la misma naturalidad, que no depende de otras especies ser consideradas dignas de respeto o de derechos, sino que alguien ajeno sería quien se los debe de otorgar, aunque sean de otras especies, igual que se les otorgó a quienes eran de otra raza, de otra condición social, de otro género. Pero como, en base a ese criterio subjetivo de dignidad, otra persona o colectivo puede argumentar en sentido diametralmente opuesto, lo suyo sería valorar nuestra relación con el mundo según aspectos algo más comprobables y científicos, y debatir desde ahí aunque tengamos cada cual su escala de valores.
Un criterio podría ser el que muchos usamos: el sufrimiento, y si éste es o no necesario. Si es demostrable que un organismo sufre ante determinados estímulos ¿por qué no partir de si eso es o no importante según la propia escala de valores? Es radicalmente distinto razonar: “un negro no tiene la dignidad de un ser humano, por lo que puedo tratarlo de manera distinta”; a decir, “un negro sufre, pero no me preocupa que lo haga, porque no es un ser humano”. El siguiente paso, algo menos definible a veces, es si ese sufrimiento que afligimos es necesario. En mi caso, si puedo vivir sin llevarlo a cabo, ningún sufrimiento es necesario, sea el de una persona, el de un elefante, el de una rata o el de una hormiga.
No se trataría pues de ser antropocentrista, especista, animalista o monje jainista, la pregunta consistiría en plantearse cuánto dolor y sufrimiento estoy dispuesto a evitar.






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